sábado, 23 de julio de 2011

Ayer me pasé la noche en vela, con el corazón recogido en un puño de seda y la vela alumbrando mis ojos febriles en el espejo. La oscuridad me da la impresión de que tengo demasiadas cosas en mente y muy poco tiempo para llevarlas a cabo. Tan sólo cuando el alba se reflejó en las sábanas blancas de mi lecho conseguí conciliar el sueño.
Y ahora estoy aquí; preguntándome qué diablos estoy haciendo, por qué escribo esto en las hojas traseras de mi cuaderno de tapas oscuras. Bien podría estar invirtiendo mi tiempo en cualquier otra cosa más pragmática, más productiva y, sin embargo, estoy deslizando mi pluma por hojas amarillentas y gastadas, dejando un rastro de pensamientos de tinta sin un sentido concreto.
¿Quién soy? Os estáreis preguntando. La verdad es que no estoy demasiado seguro.
¿Mi nombre? La verdad es que no tiene demasiada importancia. Podría haberme llamado Willhem, Norbert o Ulrik, mas mis padres han decidido llamarme como aquel hermoso condenado que una vez creó Oscar Wilde.
¿Por qué estoy aquí? Francamente, no lo sé. Lo único de lo que estoy seguro con certeza es que he venido para quedarme.

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